En casi doscientos años de historia, Bahía Blanca tuvo un solo intendente socialista. Uno solo. Y gobernó apenas tres años.
Se llamó Agustín de Arrieta, asumió en 1932 y dejó la intendencia en 1935. Su gestión no se recuerda por grandes monumentos ni por obras faraónicas, sino por algo mucho más incómodo: haber intentado gobernar la ciudad con honestidad, transparencia y sin negociar con los intereses que históricamente mandaron.
Hoy, cuando Bahía Blanca se encamina al Bicentenario, su figura vuelve a interpelar una pregunta central:
¿por qué una experiencia así fue tan breve y nunca tuvo continuidad?
Arrieta no era empresario, ni abogado de estudio céntrico, ni parte de los apellidos tradicionales de la ciudad.
Era tipógrafo, periodista y militante socialista. Venía del mundo del trabajo gráfico, de la organización obrera y de la discusión política en ámbitos culturales y cooperativos.
Su llegada a la intendencia se dio en un contexto excepcional: la crisis económica mundial de 1930, sumado al fraude electoral a escala nacional y provincial, y la abstención radical, que abrió una ventana para que el socialismo ganara en Bahía Blanca.
Esa combinación convirtió a su gobierno en una anomalía política.
Mientras gran parte de la provincia de Buenos Aires estaba atravesada por prácticas fraudulentas y acuerdos conservadores, la gestión de Arrieta buscó marcar una diferencia clara en el plano local.
Su obsesión fue la transparencia administrativa. Desde la Municipalidad utilizaba altoparlantes y transmisiones radiales para informar diariamente qué hacía el municipio y cómo se gastaba el dinero público. Detallaba ingresos y egresos peso por peso, centavo por centavo.
Era, en términos actuales, una rendición de cuentas permanente, décadas antes de que el concepto existiera como consigna. Pero no se quedaba en el discurso.
El intendente que controlaba de noche
Arrieta tenía una concepción muy concreta del rol del Estado: el municipio debía funcionar.
Por eso realizaba controles personales sobre los servicios:
- Seguía de noche a los recolectores de residuos para verificar que cumplieran con su tarea.
- Supervisaba de día a las cuadrillas municipales.
- Y cuando un empleado alegó estar enfermo, fue personalmente a su casa, lo encontró sano y lo suspendió, aun cuando se trataba de un afiliado socialista.
No había excepciones. Ni políticas, ni personales. Su lema era claro: “manos limpias y uñas cortas”.
La intendencia de Arrieta no fue una gestión de grandes obras. Y eso no fue casual.
La crisis económica, las deudas heredadas y el bloqueo de financiamiento provincial limitaron seriamente la capacidad de inversión del municipio.
Aun así, hubo intervenciones concretas con una lógica muy definida:
- Arbolado de avenidas clave, como General Arias, Guillermo Torres y Pringles, con doble objetivo: mejorar el espacio urbano y generar empleo en plena desocupación.
- La pileta municipal del arroyo Napostá, a la altura de calle Darwin (1933), pensada como espacio recreativo y social para los barrios populares.
- Puesta en valor de plazoletas céntricas, como Payró y Garibaldi, a los costados del Teatro Municipal.
No fueron obras pensadas para la foto ni para dejar placas con nombres propios. Fueron obras pensadas para resolver problemas concretos.
Austeridad personal y coherencia política
Arrieta no solo predicaba austeridad: la practicaba. Vivía con modestia, seguía trabajando en la linotipo, cenaba muchas veces con amigos cocheros “un café con leche” en bares modestos y nunca se enriqueció con la política.
Cuando fue elegido diputado provincial, una imagen lo sintetizó todo: al día siguiente de la elección, los diarios publicaron su foto trabajando en overol, en la imprenta.
En una época —y una ciudad— donde el ascenso político solía ir acompañado de ascenso social inmediato, esa imagen resultó disruptiva.
Entre sus frases más recordadas, hay una que todavía hoy conserva vigencia y sigue incomodando: “Si no se meten en política, la política se les va a meter en la olla”.
No era una consigna vacía. Era una advertencia sobre quién toma las decisiones cuando la ciudadanía se corre.
Arrieta gobernó solo tres años. Tras su salida, el socialismo nunca volvió a conducir el municipio de Bahía Blanca.
La ciudad regresó a su cauce histórico: el del poder estable, los equilibrios conocidos y los acuerdos implícitos entre política y sectores económicos dominantes.
Su experiencia quedó archivada como una rareza, una nota al pie de la historia local.
Hoy, de cara a los 200 años de la ciudad, la figura de Agustín de Arrieta interpela: por qué, en dos siglos de historia, la única experiencia de gobierno municipal claramente ajena al poder tradicional duró tan poco.
Tal vez el verdadero debate del Bicentenario no sea sólo qué obras inaugurar, sino también qué tipo de poder se discute y quiénes quedan siempre afuera de esa discusión.
Arrieta demostró que otra forma de gobernar Bahía Blanca fue posible. Que haya durado tan poco dice menos sobre él y mucho más sobre la ciudad.









