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Estela Cavallero: la maestra que entendió que aprender a leer era aprender a defenderse

Dedicó su vida a la educación y convirtió la alfabetización de adultos en una política pública que atravesó gobiernos y décadas en Bahía Blanca.

Dedicó su vida a la educación y convirtió la alfabetización de adultos en una política pública que atravesó gobiernos y décadas en Bahía Blanca. Empezó con tres centros y llegó a tener veinte. Pero su legado excede cualquier estadística: para ella, enseñar a leer y escribir era devolver autonomía, dignidad y oportunidades.

Hay una historia que alcanza para entender casi todo.

Una mujer de Villa Cerrito había aprendido a leer siendo adulta. Cuando le preguntaron qué había significado para ella alfabetizarse, no habló de libros, diarios ni formularios.

Dijo algo mucho más sencillo:

“Para mí lo más importante fue ir al centro y poder caminar sabiendo por qué calles caminaba”.

Parece una frase pequeña.

No lo es.

Cuando una persona no sabe leer ni escribir puede no saber siquiera el nombre de la calle por la que está caminando. Puede no entender un cartel, no poder completar un formulario, necesitar ayuda para hacer un trámite, desconocer qué colectivo debe tomar o no comprender un papel que afecta directamente su vida.

Estela Cavallero entendió eso mucho antes de que palabras como inclusión, autonomía o empoderamiento ocuparan discursos oficiales.

Para ella alfabetizar era algo mucho más profundo que enseñar letras.

Era enseñar a defenderse.

Una maestra

Cavallero había estudiado en el colegio María Auxiliadora y comenzó a trabajar como docente de primer grado en 1952, en la Escuela Nº 22 de Bahía Blanca.

Después pasó a la Escuela Nº 7, de 19 de Mayo 349, donde trabajó durante 25 años.

Más tarde se dedicó a tareas de inspección, primero en la jefatura de enseñanza primaria y luego en artística, hasta completar tres décadas dentro de la educación formal.

Podría haberse jubilado allí.

Podría haber considerado cumplida su tarea.

Pero ocurrió exactamente lo contrario.

Su trabajo más extraordinario estaba por comenzar.

Cuando el Plan Nacional de Alfabetización que funcionaba en la región llegó a su fin, a mediados de los años 80, quedó planteada una pregunta bastante menos burocrática de lo que parece:

¿Qué hacemos con las personas que todavía están aprendiendo?

La respuesta habitual hubiera sido esperar otro programa, otro presupuesto, otra decisión administrativa.

Estela Cavallero eligió otra.

Seguir.

No quería dejar a la gente tirada.

Convocó a docentes que participaban de aquella experiencia y sostuvieron la tarea incluso de manera voluntaria, mientras Cavallero buscaba la forma de darle continuidad.

En 1986 acudió al Municipio de Bahía Blanca para conseguir respaldo institucional.

De aquella decisión surgió una experiencia local que conseguiría algo poco habitual en la política argentina: sobrevivir al paso del tiempo, los cambios de gobiernos y las distintas administraciones.

El Programa Municipal de Alfabetización terminaría llevando su nombre.

De tres centros a veinte

Al principio eran apenas tres centros.

Con los años llegaron a ser veinte, distribuidos principalmente en barrios periféricos de Bahía Blanca.

Allí llegaban hombres y mujeres que por diferentes motivos habían atravesado buena parte de sus vidas sin aprender a leer y escribir.

No eran simplemente “alumnos”.

Eran personas con historias generalmente difíciles. Mujeres con varios hijos. Adultos mayores. Trabajadores. Personas que habían quedado afuera del sistema educativo y que, muchas veces, cargaban además con la vergüenza de admitir que no sabían leer.

Estela conocía esa vergüenza.

Y combatía especialmente contra ella.

“La alfabetización es un instrumento liberador”, decía.

Pero inmediatamente agregaba algo que mostraba cuál era verdaderamente su preocupación: que esas personas supieran que eran importantes y que no sintieran vergüenza por no saber.

Su definición terminó convirtiéndose en una síntesis perfecta de toda su obra:

“Alfabetizar es enseñar a defenderse”.

Porque leer era poder entender.

Pero también preguntar.

Elegir.

Moverse solo.

Conocer un derecho.

Interpretar una receta.

Firmar.

Tomar un colectivo.

Leer el nombre de una calle.

Dejar de depender de otro para acciones elementales de la vida cotidiana.

Transformar

Hay una palabra que permite comprender mejor la tarea de Cavallero: transformación.

Su objetivo no era simplemente transmitir conocimientos.

Buscaba transformar la relación de una persona con el mundo que la rodeaba.

Estela creía en la superación humana y en la posibilidad de que alguien modificara su vida si encontraba una oportunidad.

Y también entendía algo que hoy parece necesario volver a decir: vivimos con otros.

La responsabilidad social y la pertenencia a una comunidad atravesaban su manera de actuar. Había en ella una idea muy poderosa de lo común: nadie se realiza completamente solo y una sociedad no puede desentenderse de aquellos a quienes dejó afuera.

Por eso, cuando desapareció una estructura nacional, su primera reacción no fue preguntarse de quién era la responsabilidad administrativa.

Se preguntó qué pasaría con las personas.

Esa diferencia parece mínima.

Es enorme.

Lo que había comenzado como la voluntad de un grupo de docentes de no abandonar a sus alumnos terminó transformándose en una política pública municipal.

Una política local.

Bien bahiense.

Y extraordinariamente persistente.

Décadas después, el Municipio seguía describiendo aquel programa no solamente como una herramienta para aprender a leer y escribir, sino como un espacio destinado también a fortalecer la oralidad, la socialización, el conocimiento de derechos y obligaciones, el sentido de pertenencia y la autonomía personal.

La filosofía original de Cavallero había quedado incorporada a la política pública.

Una vida puesta en los demás

La alfabetización tampoco fue su única tarea social.

Desde 1982 integró la comisión del Patronato de la Infancia y dedicó allí buena parte de su tiempo.

Escuelas, niños, adultos, barrios.

Cambiarían los lugares y cambiarían las edades.

La convicción era siempre la misma.

Todas las personas podían crecer si alguien les daba una oportunidad.

Quienes trabajaron con ella recuerdan una mujer de un empuje difícil de explicar. De esas personas cuya capacidad de trabajo parece no guardar relación con las horas que tiene un día.

Persistente.

Comprometida.

Con una enorme conciencia de responsabilidad frente al otro.

No hay que idealizarla para dimensionar su obra.

Alcanza con mirar lo que hizo.

Cuando había tres centros, trabajó para que fueran más.

Cuando faltaba una estructura, buscó construirla.

Cuando había adultos avergonzados porque no sabían leer, trató de convencerlos de algo elemental: no tenían por qué avergonzarse.

Cuando podría haberse retirado después de treinta años de docencia, volvió a empezar.

El nombre de una calle

Estela Cavallero murió en mayo de 2006.

Hasta sus últimos años continuó vinculada a los centros de alfabetización y al Patronato de la Infancia.

Dos años después de su muerte, el Concejo Deliberante decidió que una calle de Bahía Blanca llevara su nombre.

Maestra Estela Cavallero.

Es un homenaje justo.

Pero probablemente su legado más importante esté en otro lado.

Está en quienes por primera vez pudieron escribir su nombre.

En quienes dejaron de depender de alguien para leer un papel.

En quienes entendieron un cartel.

En quienes descubrieron que podían aprender aunque hubieran pasado décadas convencidos de lo contrario.

Y está, sobre todo, en aquel programa que continuó funcionando muchos años después de su muerte.

Estela Cavallero consiguió algo bastante más difícil que enseñar a leer y escribir.

Convirtió una preocupación personal en una construcción colectiva.

Transformó una tarea voluntaria en política pública.

Y comprendió que la alfabetización no consistía solamente en incorporar letras y palabras.

Consistía en darle a una persona herramientas para ocupar otro lugar frente al mundo.

Tal vez por eso aquella mujer de Villa Cerrito encontró una manera tan extraordinaria de explicarlo.

Después de aprender a leer podía caminar y saber por qué calles caminaba.

Eso hizo Estela Cavallero.

Ayudó a cientos de personas a saber por dónde estaban caminando.

Y, de alguna manera, también a decidir hacia dónde querían ir.

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