Felipe Glasman tenía 63 años y era una de las figuras más influyentes del sistema de salud de Bahía Blanca. Había ocupado durante casi dos décadas la conducción de la Asociación Médica y tenía una fuerte participación en debates vinculados con hospitales, obras sociales, prestadores y políticas sanitarias.
La noche del 28 de agosto de 2002 salió de su consultorio de Saavedra 335. Caminó hasta Villarino, donde había dejado estacionado su Renault 11. Allí fue interceptado por un hombre que le disparó dos veces: primero en el pecho y luego en la cabeza. Glasman murió minutos después.
Desde el comienzo, la investigación descartó el robo como móvil. Glasman conservaba dinero y sus pertenencias. Las características del ataque también llevaron a los investigadores a considerar que se trataba de una ejecución.
Un médico que también era dirigente
Glasman no era solamente un médico. Su actividad al frente de la Asociación Médica lo había convertido en un dirigente con peso propio dentro del sistema sanitario bahiense.
También participó de proyectos vinculados al desarrollo de la infraestructura médica de la ciudad y fue uno de los impulsores de iniciativas relacionadas con la formación médica. Sus enfrentamientos y denuncias alrededor del negocio de la salud alimentaron distintas hipótesis sobre los motivos de su asesinato.
Durante los años posteriores al crimen hubo denuncias de amenazas, presiones a testigos y cuestionamientos sobre el desarrollo de la investigación. El expediente acumuló miles de fojas y numerosos testimonios.
La condena a Colman
Recién en 2006 la investigación llegó hasta Vicente Guillermo “Tito” Colman, un exintegrante de la Armada que fue detenido en el Gran Buenos Aires y acusado de ser el autor material del crimen.
En octubre de 2008, el Tribunal en lo Criminal Nº 1 de Bahía Blanca lo condenó a 27 años de prisión por homicidio simple agravado por el uso de un arma de fuego. La pena luego fue reducida a 23 años al dejarse sin efecto esa agravante.
Durante el juicio, el fiscal sostuvo que Glasman había sido asesinado por encargo y pidió una condena por homicidio agravado por precio o promesa remuneratoria. Sin embargo, por mayoría, los jueces consideraron que no había pruebas suficientes para demostrar esa circunstancia.
Así, la Justicia pudo establecer quién disparó, pero no quién pudo haber ordenado el crimen.
Veinticuatro años después, esa sigue siendo la gran incógnita del caso Glasman.
En la esquina de Saavedra y Villarino, una placa recuerda el lugar donde fue asesinado. La pregunta que todavía no tiene respuesta es otra:
¿Quién decidió que Felipe Glasman tenía que morir?












